Todavía hoy, cuando voy a casa de mis padres y no están, en vez de prepararme un café o esperarles leyendo o viendo la tele, me da por revolver en los cajones o en las cajas del desván. Allí encuentro un montón de "tesoros", cosas que, seguramente, un día guardé porque pensé que no servían para nada, y hoy, al verlas de nuevo, me traen un montón de recuerdos.
Así fue como encontré este cuadro que bordé cuando tenía once años, recuerdo incluso donde lo compramos, era un kit que venía con el cañamazo dibujado, sus hilos, aguja y todo. Y recuerdo que se me acabó el hilo marrón y no pude terminar de perfilar las botas de la muñeca.

Un poco más atrás, con diez años, fue mi primer mantel de punto de cruz, que hice en el colegio para el día de la Madre. Ahora cuando lo veo me da un poco de risa, pero os puedo asegurar que a esa edad me parecía una obra de arte, con su vainica y todo, vamos, algo digno de regalar a una mamá.

Pero el mayor de mis tesoros me aguardaba dentro de su caja, llena de polvo ya y olvidada en un rincón de la buhardilla: mi primera máquina de coser!!! Es de cuando tenía cinco años. Me la trajeron los Reyes para que dejase de coser en la máquina de mi madre. No sé si será un recuerdo mío, pero creo que cose de verdad. Hoy le he puesto pilas y funciona, pero no recuerdo cómo se enhebra, y aunque va pasando la tela bajo el prensatelas, no consigo que cosa. De todos modos, es una maravilla. La tengo, claro está, en el cuarto de costura con las otras máquinas.